La predicación bíblica

De la predicación desde el púlpito cristiano depende en buena medida el crecimien­to espiritual de los creyentes, así como la extensión del reino de Dios en la Tierra. Se trata, por tanto, de algo prioritario en la vida de la Iglesia.

Sin embargo, a menudo las predicaciones no alimentan a la iglesia, ya sea por desconocimiento del verdadero sentido del texto bíblico; por no saber bien la técnica de comunicación que necesita su comunidad; por carecer de las ayudas suficientes para preparar adecuadamente el mensaje, por el escaso tiempo disponible o, simple­mente, porque está cansado y algo desanimado ante la aparente falta de resultado de sus predicaciones.

Hay congregaciones en las que se detecta poco interés por los te­mas tratados en el púlpito o por el modo en que éstos son expuestos; otras se quejan de la falta de preparación bíblica del predicador. A veces, a éste le resulta difícil encontrar el lenguaje apropiado y la proporción adecuada para ofrecer, en los pocos minutos que dura la predicación, todo lo que desea decir o aquello que la asamblea requiere.

Estas dificultades, y otras más que pudieran darse, no tienen por qué desmoralizar al predicador. Es necesario recordar que al propio Señor Jesucristo estuvieron a punto de despeñarlo por un barranco la primera vez que predicó en su pueblo de Nazaret. Incluso al apóstol Pablo se le durmió un joven en su famosa plática de Tróade. Esto sig­nifica que muchos grandes predicadores han experimentado la oposi­ción, o la apatía del pueblo, ante alguno de sus mensajes.

El buen predicador no nace, sino que se hace a fuerza de estudio, meditación y ejercitación en el púlpito. Cuanto más se predica, mejor suele hacerse. Pero lo más importante es ser conscientes de que Dios habla a la comunidad cristiana a través del ministro de culto y, por medio de él, provoca una respuesta de fe en la Iglesia. Por tanto, cada predicador es un colaborador de Dios. De ahí la necesidad de ser fieles a la Escritura, para saber lo que realmente Dios ha dicho.

El predicador que desea ser obediente a la palabra divina debe co­nocer y estudiar continuamente la Biblia; intentar comprender la in­tención de cada pasaje para explicarlo correctamente a la congregación; no olvidar nunca la dimensión evangelizadora; y, sobre todo, descubrir lo que dice “hoy” la palabra, cómo se aplica a la realidad cotidiana de sus oyentes. Este último es el verdadero compromiso profético que cada ministro tiene con su congregación.

Pero igual que debe conocer la palabra y su intención, debe también sintonizar con la sensibilidad de quienes le escuchan. Cada comunidad evangélica posee sus propias circunstancias, que pueden variar con el tiempo. La mentalidad, la cultura, las inquietudes, los problemas, los pre­juicios, las necesidades, etc., cambian de una iglesia a otra, ¡cuánto más de un país a otro! Todo esto debe tenerlo presente el predicador que desee ofrecer buenos mensajes a su iglesia y provocar una actitud de respuesta ante la invitación de la palabra. Pero empezando siempre por el propio predicador, que es, sin duda, el primero al que la predicación se dirige.

Asimismo, la actitud espiritual del ministro de culto es fundamen­tal. El que predica debe hacerlo desde dentro de la congregación, no desde fuera, ni desde arriba. Tiene que asumir que es un hermano con el precioso ministerio de impartir la palabra al resto de la comuni­dad, para que la entiendan. Predicar desde dentro es amar a la Iglesia, pertenecer a ella y no sentirse superior. Hay que conocer a todos los miembros a quienes se habla, estar al corriente de sus problemas y necesidades, vivir unido a ellos y no predicarles desde la distancia o con ironía. El predicador no debe actuar como un profesor, sino como otro oyente más de la misma palabra que predica. Si ésta no ha calado previamente en su alma, difícilmente llegará a la de sus hermanos.

Más que pensar: “¿qué les predico el domingo próximo?”, hay que preguntarse: “¿qué nos puede decir la palabra el próximo domingo?”. El pastor no es un vidente o un visionario, sino un testigo de Cristo que debieran emplear más el “nosotros”. Tenemos que predicar con alegría, a pesar de las dificultades propias de este ministerio. El buen profeta de la palabra debe superar las situaciones que le produ­cen desánimo para transmitir un mensaje de confianza y esperanza a la iglesia. Pero sólo se puede hablar con alegría, cuando se está plenamente convencido de transmitir la buena noticia de Jesucristo. y tal convenci­miento es algo que el oyente debe notar en todo predicador. No se trata de quejarse siempre de lo mal que va el mundo, sino de proclamar esa salvación que viene de Dios y se ha encarnado en la persona de Jesús.

El encuentro con la palabra divina se realiza a través del estudio bíblico personal, la oración privada y la propia predicación desde el púlpito. Para realizar bien estas tres tareas se requiere del tiempo sufi­ciente de concentración, mediante la ayuda de buena bibliografía pas­toral. También es necesario, antes de hablar “de” Dios, hablar “con” Dios, para que sea él quien ilumine nuestro mensaje. Y, finalmente, permitirle al Espíritu Santo que, en el mismo instante de la predica­ción, hable a nuestra mente y haga que nuestras palabras resuenen pri­mero dentro de nosotros mismos, antes de llegar a nuestros hermanos que escuchan.

El lenguaje debe ser claro pero no vulgar.  Todo predicador debe procurar sintonizar con su congregación pero de una manera digna, sin demostraciones de erudición arrogante, alejamiento de la realidad, búsqueda continua de la risa o la lágrima fácil, lenguaje ordinario o grosero, excesivo detallismo anecdótico, un tono frío y aséptico, abuso del subjetivismo emocional, etc. El buen sermón debe alejarse de tales defectos para buscar un equi­librio temático y una adecuada forma de exposición.

Por supuesto que lo más importante será siempre el núcleo del mensaje, aquello que se comunica, pero también es primordial cómo se comunica, para que llegue a la gente y la persuada de creer o de cambiar de actitud. Para ello hay que aprender a contar, narrar, sugerir imágenes, saber intercalar las frases cortas y tajantes entre la exposi­ción más profunda, resumir y destacar las ideas principales con mayor viveza o utilizar los contrastes, las comparaciones, las paradojas y los símbolos. En una palabra, intentar predicar como lo hacía Cristo por­que él será siempre nuestro mejor maestro.

 

Un comentario

  1. Excelente tema que da valiosos concejos con puntos especificos mucho muy utiles en el ministerio de la predicacion.
    Sobre todo de como depender de Dios y del estudio y meditacion de su palabra y la guia infalible de Cristo (El unico maestro) por medio de su Espiritu Santo; El cual escudriña y revela las necesidades de nuestros corazones y nos puede guiar para suplirlas todas ellas, y poder compartir esto en una predicacion.

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