El sumo pontífice

La palabra pontífice es de origen latino. Viene de pons, puente. Se dice que en la antigua Roma había una sociedad sagrada cuyos miembros eran llamados pontífices, porque al principio eran ellos los encargados de velar por que cierto puente sobre el río Tíber estuviese siempre en buenas condiciones. Esta sociedad tenía la responsabilidad del culto a los dioses. El jefe del grupo era el Pontífice Máximo.

El Diccionario de la Real Academia Española indica que el pontífice era el “magistrado sacerdotal que presidía los ritos y ceremonias religiosas en la antigua Roma”. Este magistrado era como un puente entre los fieles y las deidades paganas. De allí el título pasó al uso eclesiástico y le fue conferido especialmente al obispo o arzobispo de una diócesis. El sumo pontífice, o pontífice máximo, es, naturalmente, el que ocupa la posición más elevada en la jerarquía episcopal.

El titulo pontífice aparece en versiones castellanas antiguas del Nuevo Testamento (Carta a los Hebreos, 2:17; 4:14; 5:5; 7:26; 8:1). Los autores de estas versiones parecen haber seguido traducciones latinas de las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, en la versión latina llamada Vulgata se encuentran las expresiones “Pontíficem magnum” (gran Pontífice) y “habemus Pontificem” (tenemos un Pontífice). Heb. 4:14-15. Texto latino en la Versión de Felipe Scio de San Miguel

En el idioma original del Nuevo Testamento, o sea el griego Koiné, el vocablo traducido por pontifex en la Vulgata, es arjiereús, que significa sumo sacerdote, tal como se lee en las versiones modernas del Nuevo Testamento en nuestro idioma. Según los escritores neotestamentarios, el arjiereús, o sumo sacerdote, es Jesucristo, el Hijo de Dios. El es el sacerdote por excelencia y Pontífice Máximo.

El profeta Isaías dice: “vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro para no  oír” (59:2). Solamente Jesucristo, nuestro puente o sumo pontífice, nos ha llevado a participar de la vida de Dios. El es el mediador entre Dios y el hombre. Así lo afirma San Pablo en su Primera Carta a Timoteo (2:5). En otros documentos bíblicos, especialmente en la Carta a los Hebreos, se explica de manera amplia por qué Jesucristo es el mediador, o Sumo Pontífice, entre Dios y nosotros.

Jesucristo es nuestro Sumo Pontifice por quién es Él

Enseñan las Sagradas Escrituras que Jesucristo es completamente Dios y completamente hombre. En consecuencia El es el puente que une al hombre con su Hacedor.  No ha habido, ni hay, ni habrá en cielos y tierra otro ser en quién se hallen compaginadas —como en el Señor Jesús— la naturaleza divina y la humana. Todos los seres humanos al ser trasladados al cielo en las alturas siguen siendo humanos no son divino-humanos. Los ángeles no son divinos, pertenecen al orden de la creación; pero tampoco son humanos. Solamente Jesucristo posee ambas naturalezas, porque El es Dios y mediante el portento de la encarnación se humanó en el seno de la virgen María. Tal es la enseñanza diáfana de las Escrituras y la convicción profunda de la cristiandad católica y protestante a través de los siglos.

Verdadero Dios

De Jesucristo se dice en la Biblia que El es el Verbo divino, el creador y sustentador de todas las cosas (Jn. 1:1-4; Col. 1;15-17; Heb. 1:1-3), el eterno Yo soy (Jn. 8:56), quien es uno con el Padre y con el Espíritu Santo en la Trinidad (Jn. 10:30; 14:15-26; 16:13-15; Mt. 3:13-17; 28:19-20; 2 Co 13:14). Cuando El estuvo en el mundo dio amplias evidencias de su deidad, a tal grado que aun Tomás, el discípulo incrédulo, tuvo que exclamar: “Señor mío, y Dios mío” (Jn. 20:27-29).

Verdadero Hombre

Nuestro Sumo Pontífice es tan humano, tan semejante a nosotros, que no se avergüenza de llamarnos sus hermanos (Heb. 2:10-18; Jn. 1:14). Durante su ministerio terrenal El experimentó muchas de nuestras miserias y angustias, padeció siendo “tentado en todo según nuestra semejanza”, aunque sin rendirse al mal (Heb. 2:18; 4:15), y en su estado de humillación aprendió, por medio de los sufrimientos, lo que significa la obediencia al Padre Celestial (Heb. 5:8-10). El puede, por lo tanto, “ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere” (Heb. 2:17), socorrernos en la tentación (Heb. 2:18) y compadecerse de nuestras debilidades (Heb. 4:15).

Jesucristo es nuestro Sumo Pontifice a causa de su carácter santo. Se dice en la Carta a los Hebreos que “todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres… también está rodeado de debilidad” (5:1-2), es imperfecto (Heb. 7:28), pecador. “No hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ec 7:20). El sumo sacerdote en Israel no era una excepción a esta regla (Heb 5:2-3). Lo mismo puede decirse de todo ministro religioso en la actualidad, no importa cuán elevada sea su posición eclesiástica ante sus feligreses y el mundo.

En cambio, Jesucristo, nuestro sumo sacerdote, es “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26). El no tiene necesidad, como los sumos sacerdotes en Israel, “de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados” (Heb. 7:27; 5:3), porque no tiene en sí mismo ningún pecado que expiar.

Nadie pudo redargüirle de pecado, aun cuando El mismo desafió a sus enemigos a que lo hicieran (Jn. 8:46). Les fue imposible descubrir en El alguna falla moral. Le acusaron, eso si, de blasfemia, porque, según ellos, Jesús siendo hombre se hacía Dios (Jn 10:33). Esta fue la acusación que el sanedrín o concilio de los judíos le hizo para condenarle a muerte. Dijeron que El había blasfemado (Mt. 26:57-68). Nosotros sabemos, por supuesto, que Jesús no era culpable de lo que le imputaban, porque en realidad El es el Hijo de Dios.

Ante el poder civil, Jesús fue declarado inocente. Poncio Pilato dijo: “Ningún delito hallo en ese hombre” (Lc. 23:4).

El apóstol Pedro, quien estuvo cerca de Jesús probablemente por casi tres años, testifica: “el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:22-23).

Entre los muchos millones de personas que han vivido, viven, y vivirán en el planeta Tierra Jesucristo es la gran excepción: El no es pecador. Tal es el sumo sacerdote que conviene para nuestra salvación.

Jesucristo es nuestro Sumo Pontífice a causa de su obra salvadora

Son credenciales de su pontificado lo que El es en si mismo —en su persona divino-humana y su carácter inmaculado, y lo que El ha hecho,  hace, y hará es unicamente a nuestro favor. El escritor de la Carta a los hebreos decía que “todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios” (Heb. 8:3). El Señor Jesucristo se ofreció a sí mismo en la cruz para redimirnos al precio de su propia sangre. El pudo ser la ofrenda expiatoria, acepta a la justicia de Dios, porque El es el Cordero “sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19). No teniendo pecados propios, pudo ofrecerse por los nuestros para reconciliarnos con Dios (1 Pedro 3:18).

En el Calvario, Cristo fue al mismo tiempo sacrificante y sacrificio a nuestro favor, y mediante la ofrenda de sí mismo consumó la expiación. A diferencia de la multitud de sacrificios ofrecidos por los sacerdotes en el sistema levítico, la ofrenda de Jesucristo se presenta una sola vez. Es suficiente, perfecta, final.

Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado…  Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos… (Heb. 9:24-28).

Contrastando el efecto de la ofrenda de Cristo con el de los muchos sacrificios ofrecidos cada año por los sacerdotes israelitas, el escritor de Hebreos afirma:

En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Y ciertamente todo sacerdote está ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios… porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb 10:10-14).

Cuando en nuestras reuniones como Iglesia participamos del pan y el vino, conmemoramos el sacrificio de Cristo, no lo repetimos. Gracias a Dios, no debemos ni podemos repetirlo. La obra de nuestro sumo sacerdote en la cruz está consumada (Jn. 19:30). Al pecador le corresponde solamente gozar de los beneficios de esa obra redentora. El Señor Jesús nos ha abierto ya el camino para la comunión con Dios.

Los sacerdotes en el sistema mosaico estaban sujetos, como todos los seres humanos, a la ley de la muerte “y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar” (Heb. 7:23). Es claro que lo mismo sucedía con el sumo sacerdote. Pero nuestro pontífice “tiene un sacerdocio inmutable” (Heb. 7:24). El murió por nosotros, pero resucitó al tercer día con poder y gloria, y fue constituido sumo sacerdote “según el poder de una vida indestructible” (Heb. 7:16).

Además, El ascendió a los cielos, muy por encima de las circunstancias cambiantes de este mundo, y ejerce su sacerdocio a la diestra del trono de la Majestad en las alturas (Heb. 8:1-2). Su santuario no corre el riesgo de ser destruido como aconteció al templo de Jerusalén, y como puede sucederle a cualquier otro templo en el mundo. Allá en el Lugar Santísimo de los cielos, Jesucristo, nuestro sumo sacerdote, intercede (Lc. 22:32; Jn. 17; Heb. 7:25) y aboga por nosotros (1 Jn. 2:1-2) con base en el sacrificio que El ofreció en la cruz. Y nosotros mismos tenemos libertad para entrar en la presencia del Padre, porque la sangre de Jesucristo nos ha abierto un camino nuevo y vivo hacia el santuario celestial, y allí está El, como nuestro sumo sacerdote, sentado a la diestra de Dios (Heb. 10:19-25).

Jesucristo es nuestro sumo pontífice para siempre. El no morirá más; vive eternamente No habrá jamás un tiempo de intervalo en el sumo sacerdocio cristiano, sin sumo pontífice en el trono. Nunca habrá que elegir un sucesor de Aquel que ha sido declarado sumo sacerdote para siempre (Heb. 5:1-10). El puede, por lo tanto salvar eternamente “a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Heb. 7:25).

El Señor Jesús vendrá otra vez desde el santuario de los Cielo. Escucharemos una voz de de arcángel; sonará la trompeta de Dios convocando a Su pueblo abrirán los cortinajes del cielo y aparecerá el Señor, rodeado de gloria y majestad. Resucitarán todos “los que durmieron en El”, y los creyentes en El que hayan quedado en el mundo hasta ese momento glorioso serán transformados en un abrir y cerrar de ojos por el poder de Dios (1 Tes. 4:13-18; 1 Cor  15:51-52) y todos juntos recibiremos al Señor para estar eternamente con El. Ningún líder humano podrá tener recepción igual. ¡La Iglesia de todos los siglos y de todas las naciones se congregará alrededor de su Señor! Será un recibimiento apoteósico, como el mundo no ha visto jamás.

Nuestra esperanza bienaventurada es contemplar cara a cara a nuestro bendito Salvador; verle como El es, y ser semejantes a El (1 Jn. 3:1-3). Es a El, nuestro sumo pontífice, a quien nosotros esperamos para gloriarnos en El. Su promesa inquebrantable es que El viene otra vez (Jn. 14:3). Mensajeros celestiales han dicho que El viene otra vez (Hech. 1:11). Profetas y apóstoles anuncian en las páginas bíblicas que El viene otra vez. Nuestra esperanza no nos dejará avergonzados, porque ciertamente El viene otra vez. Aprestémonos a recibirle; velemos, oremos, y trabajemos tesoneramente en su viña, mientras llega el momento de su gloriosa manifestación (Mt. 24:42-51; Mr. 13:31-37; 1 Tes. 5:1-11).

Siendo Jesucristo Dios y Hombre, el sacerdote de carácter inmaculado, y el autor de nuestra salvación, la única conclusión aceptable es la que las Escrituras revelan; es decir, que no hay otro sumo sacerdote, o sumo pontífice, entre Dios y el ser humano, sino Jesucristo hombre (1 Tim. 2:5). El dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y a vida, nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn 14:6).

El adjetivo sumo es excluyente. Sólo puede haber un sumo pontífice en el plano de la redención. La lógica de la Escritura es irrebatible. Se enseña en el Nuevo Testamento que en contraste con el sistema mosaico, todos los creyentes en Jesucristo somos sacerdotes (1 Pedro 2:9). Todos, sin excepción, somos llamados a ofrecerle sacrificios a Dios (1 Pedro 2:4-5; Fil. 4:18; Heb. 13:15-16), comenzando por la ofrenda de nosotros mismos sobre el altar de la dedicación a El (Rom. 12:1-2). Todos somos llamados a interceder los unos por los otros (Stg. 5:16), y a proclamar las excelencias de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9-10). Todos tenemos libre acceso a Dios (Ef. 2:18; Heb. 4:16; 10:19-23).

Por supuesto, se dice también en las páginas neotestamentarias que hay personas especialmente dotadas por el Espritu Santo para la enseñanza y la administración de la Iglesia; pero no se menciona más que un sumo sacerdote, o sumo pontífice: Jesucristo. El es el pastor y obispo de nuestra alma (1 Pedro 2:25), y el Príncipe de los pastores (1 Pedro 5:1-4). A El debemos adorar, amar, servir, y esperar con singular devoción, recordando siempre que el amor a Dios tiene que traducirse en amor a todos nuestros semejantes, a quienes somos deudores del Evangelio. El amor incomparable de Cristo, nuestro sumo sacerdote, debe constreñirnos a entregarnos totalmente, en humildad, al servicio de los demás.

Emilio Nuñez
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